8 de Septiembre de 2019.
Escribiste tu nombre en las esquinas de mi habitación. Dibujaste unos cuantos atardeceres en la pared de en frente de un blablacar. Me tatuaste la forma de mi columna vertebral. Gravaste unos helados en las ruedas de una bici. Trazaste un par de noches en el viento fresco. Contaste constelaciones. Dibujaste dos cervezas en la reja de mi casa. Me enviaste por correo tres alegrías compartidas y escribiste sobre los apuntes un par de enfados irracionales. Me gustaba el guión aunque el teatro parecía estar vacío. Así, como me gusta, yo tenía menos protagonismo. En realidad, no pensé que fuese un arma de doble filo. Esculpiste un par de acelerones. Patiné. Surfeaste. Alcanzamos casi la velocidad máxima pero no sobrepasamos la permitida. Dibujaste una decisión en una boca. Empuñaste una decepción. Buscaste una pregunta. Sentenciaste un desenlace.
Me quedaré con lo bueno. Al fin y al cabo ni los helados, ni mi columna vertebral, ni los atardeceres, ni las estrellas, ni los dibujos, ni las cervezas, ni los correos, ni el viento, ni los no-asistentes al teatro me hicieron daño. Solo tu nombre. Y ¿sabes? me estoy mudando. Lo he hecho física y estoy en lo mental. Me quedaré con el resto. Me daré tiempo.
Al fin y al cabo, siempre le he tenido mucho respeto al mar. Y tú firmabas con una ola. Esa era tu definición. Una ola. Disfrutar de cada segundo desviviéndote. Te quise por ello, aunque fuese eso mismo lo que me abrió la herida. Me enseñaste mucho de mi misma. Te quise.(Ya puedo decirlo en pasado -reciente, pero pasado-.)
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