28 de Diciembre de 2019. 

Y sí. 

“El amor está condicionado en esta época hasta por la comida. Qué duro”. 

Estábamos los dos sentados en el salón. Tú jugabas tu querido juego de cartas en el iPad y yo intentaba descifrar palabras danesas para hacer gestiones del banco de allí. Y de repente, sin más, nos pusimos a hablar del amor. Te conté que últimamente me rondaba por la cabeza la idea de lo complicado que se me haría estar con alguien que comiese animales. Y entonces ahí me respondiste eso: “O sea que el amor está condicionado en esta época hasta por la comida. Qué duro”. Y dejé de intentar traducir el danés, para intentar digerir tu frase. Y sí. Qué duro. ¿Hasta qué punto estaba llegando yo? ¿Hasta que punto estaba llegando mi capacidad de ser una ermitaña? ¿A dónde me había llevado mi soledad? ¿Me gustaba esa versión de mi?

Se me hizo un nudo en la barriga que intentaba digerir esas palabras. Otro en la mente que intentaba procesarlas y otro en la garganta que intentaba explicarse. Ninguno de los tres se desató hasta un par de horas después, que volví a sacarte el tema. Me propusiste que si tan “igual me daba lo que los demás hacían”,  por qué no lo apartaba de verdad de mi cabeza y de mis sentimientos. Me cuestionaste el hecho de creer que la verdad que yo tomo como verdad, tenga que ser la verdad para todos, por sensata que me parezca. Me hiciste replantear lo cabezota que me he estado poniendo estos últimos meses y lo rígida y, tal vez, insoportable que me había vuelto con este tema. 

Creo que la razón de estar así, la tengo. No la justifico, porque tienes razón: me he ido a un extremo que más que facilitar y aligerarme el peso, me estaba pesando, por intentar cosas que no puedo conseguir. Pero papá, nadar en contra de la corriente es muy difícil y, al final, una tiene que tomar medidas que le ayuden a toda costa a no rendirse. Mis medidas fueron ponerme unas aletas en las manos y en las piernas que -aparte de ayudarme a nadar- me evitasen frenar. Unas aletas que eran gruesas, que me ayudaban a sobrepasar comentarios y situaciones sin que apenas se me cambiase la dirección del nado, ni la energía con la que iba, ni la inercia que llevaba. 
Gracias por no quitarme las aletas, ni hacerme nadar en dirección opuesta. Gracias por respetarme el camino, aunque no lo compartamos. Y gracias por recordarme lo importante que es no intentar abarcar con mis aletas a todos los que vienen en la otra dirección. Porque así como yo decidí esa, cada uno decide la suya. Me has aligerado el nado. Como dice mamá, qué importante es saber escuchar.


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