LEBE

La última vez que hablé con mi padre estando aún en Italia, estaba en un autobús de camino a la playa. Me dijo que antes de irme de Trieste, debía sentarme un rato a agradecerle a la vida por esa oportunidad y todo lo que conllevó: todo lo bueno y todo lo malo. 
(No, no fue todo bueno aunque parezca que sí. Entre varias cosas, lo que creo que peor llevé fueron los momentos en los que me sentí muy sola, aún estando rodeada de tantísima gente. Eso no me resultó nada fácil de digerir. A mi, que me encanta estar sola, me dio susto la soledad real) 

El caso es que el día 16 de julio a las 15.30 yo ya tenía mis maletas hechas y quedaban 2h para coger el autobús, que iba a la estación de tren, que me llevaba al aeropuerto. Decidí -pensando en el sabio consejo de mi padre- acostarme en la cama y agradecer. La habitación estaba bastante fresca, el ventilador estaba apuntando fijamente a mis pies (única posición en la que el ventilador no me da dolor de cabeza y me quita el calor). Había suficiente luz en el cuarto. Las contraventanas estaban abiertas y la cortina, blanca de huequecitos, estaba cerrada. Cerré los ojos y no sabía cómo poner los brazos. Probé a los lados del cuerpo, encima de la cabeza, encima del pecho... pero nada me resultaba cómodo. Estaba bastante ansiosa con el viaje y era difícil quedarme quieta. Decidí ponerlos en la boca del estómago. Sentí mi corazón. Sentí los movimientos de sístole y diástole. Os puede parecer una tontería, pero para mi ese momento fue muy emocionante. La vida pasa tan rápido que nunca, en estos 23 años, me había concentrado en sentirme el corazón. Pensé en todo el trabajo que hacía mi organismo cada vez que yo inhalaba: limpiaba la sangre en los pulmones para repartirla al resto del cuerpo limpia. Empecé a imaginarme el proceso, a sentir el oxígeno y la sangre llegándome a cada punta del cuerpo. Pensé también en la rapidez con la que esa sangre se regeneraba (y el otro día en una mini clase con mis padres aprendí que cada tres meses el bazo destruye los leucocitos rojos viejos y crea nuevos, o algo así parecido). Pensé que realmente estaba viva. No solo viva por todo lo que había vivido sino porque mi corazón latía. Pensé en el por qué los seres humanos sólo nos emocionamos en exceso  "porque hay vida dentro" con las pataditas de un bebé si, en realidad, qué más vida que nuestro propio corazón latiendo y trabajando a tal ritmo para que todo funcione. Y entonces, feliz de sentir la vida dentro de mi y de ser consciente de ello, pensé en lo afortunada que soy. Por ese corazón latente y por todo lo que me pasó en esos 5 meses increíbles. Gracias papás, gracias universo, gracias Dios. 

Gracias por las conexiones que he hecho alrededor del mundo: Alaska, Estados Unidos, Puerto Rico, Colombia, Reino Unido, España, Francia, Alemania, Austria, Bosnia, Rumanía, Italia, Noruega, Rusia, Kazajstan, Iraq, Turquía... conocer las culturas, religiones y a todas las personas. Que Zampolli y Marco fuesen nuestro tópico. Beber spritz aperol, cervezas buenas y vinos malos (o cervezas malas y vinos malos), reír hasta no tener aire con los juegos de mesa: papelito blanco, time's out, dobble, mentiroso, pirámide, presidente, rápido, jenga, congelados, amigo invisible... hacer picnics en la playa, ir a fiestas en casas y acabar con las caras pintadas con un corcho quemado y jugando a las tinieblas, hablar de nada y de mucho, hacer pasta fresca, comidas internacionales, barbacoas en Santa Croce, huirle a las medusas, ver mil millones de atardeceres, sentir frío polar, calor caribeño y libertad. Mucha libertad.  

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