Hoy leí una frase que
describía lo bonito que es querer hablar con alguien de todo y de nada, y me acordé de ti. De esa sonrisa de oreja a oreja que hace que te salgan
arrugas al final de los ojos. De esos ojos marrones y profundos que brillan y hablan
por sí solos. Sí. De ti. Qué distinta sería la ciudad si siguiéramos en la misma zona y no te hubieras ido 5 años a miles de kilómetros de distancia y muchas horas de diferencia. Si pudiéramos
seguir con las pizzas mensuales sentados en el banco de un parque hablando de
la la vida. Sin miedo. Abriendo el alma. Sintiendo
que nos comprendemos de verdad, no como cuando el resto del mundo que dice “Sí, te
entiendo”. Seguir sintiendo paz. Ojalá hubiera
tenido el coraje de decirte algo cuando presentía algo. Pero soy incapaz. Parece que siempre pongo el ojo en la persona equivocada y no lo
veo claro para una vez que lo puse en la correcta. Es pánico. Ojalá volvernos a encontrar de cuando en cuando en la esquina de casa demacrados después de un día eterno de trabajo o estudio,
y quedarnos ahí, hablando de nada y de todo. Ojalá el vuelo no hubiese costado tanto y haber podido ir antes para saludarnos. Ojalá continúes con las
tres palabras que me dices al mes o con tus llamadas para saludar desde "Rusia" y
desde "Bélgica" en horas aleatorias y días aleatorios, que me alegran la semana.
Yo te prometo que lo haría, pero no sé cómo. Estas cosas no
se me dan especialmente bien, aparte de que cuando me subo a la la vida, le meto quinta y voy a toda velocidad. Pero
ojalá sepa frenarla de cuando en cuando y que tu también puedas frenarla, aunque sea el freno motor. Pongamos segunda, no hace falta frenar en seco. Y hablemos. De
nada y de todo.
Nos vemos en Navidad, para hacerlo cara a cara... Que no es
lo mismo que con 7h de diferencia, mil kilómetros y un teléfono en la mano.
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