Quiero abrazar a todas mis yo. A las que fui, a las que soy y a las que seré. A todas mis facetas, a todas mis ramas, a todas mis espinas y a todas mis flores. Quiero abrazar a los recuerdos que me hacen bien. Aquellos que me hacen sonreír cada vez que los veo/siento/pienso. Los que me recuerdan lo feliz que he sido (y soy) y la suerte que tengo por lo vivido. La suerte que tengo con las personas de mi vida: las que han pasado tangencialmente y las que se han incrustado. Las que han dejado huella. Las que estuvieron y ya se han ido. Las que estuvieron y están. Las que seguro que estarán. Abrazo a esa parte del pasado que me ha traído tantas alegrías. La abrazo para que se quede conmigo. Para que se mantenga viva. Sin embargo, también abrazo el pasado que me ha dolido. /Que alguien me diga con qué palabra puedo sustituir ahí “abrazo” porque, aunque es cierto que no me quiero aferrar a él porque me haría mucho daño, tampoco quiero olvidarlo como si jamás hubiera existido/. Lo abrazo no para que se quede, sino para que sane. Lo abrazo porque me ha enseñado mucho. Me ha hecho crecer emocionalmente. Me ha dado fuerza. Quisiera llenarlo de amor para que nunca más doliese. Para perdonar(me). Pienso que creer que el pasado “se va”, así, sin más, es creer que una bestia dormida jamás se va a despertar. Y eso es un arma peligrosa. Es mejor despertarla, calmarla y sacarla. Y esas tres cosas tal vez las consiga dándole un abrazo.
Así que sí. Soy consciente de que debemos ser el presente, que para el futuro ya habrá tiempo y para el pasado ya hubo. Pero también soy consciente de que donde estoy ahora es gracias a todo lo que he vivido. Así que abrazaré aquellos recuerdos buenos, para que se mantengan vivos en mí y

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